Las figuras
Cuando una persona se presenta a una conferencia, trata de ofrecer su mejor versión, su mejor vestido, su mejor voz; algo similar ocurre cuando hacemos escritos artísticos: buscamos encantar al lector a través de palabras.
Este domingo, “Debajo del framboyán”, hablaremos de figuras literarias. Se trata de esas palabras o expresiones que se utilizan para embellecer el lenguaje. Y eso es sumamente importante tenerlo presente: las figuras literarias no están ahí para lucirnos ni para demostrar que conocemos la literatura, sino para que el lector encuentre belleza en lo que lee. Escribir es un arte y, cada día, es una labor más artesanal que necesaria.
Veamos algunos ejemplos:
1. “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo...” (Cervantes Saavedra, 1605).
La frase tiene el orden invertido o indirecto. Si hubiese sido escrita de forma directa, habría dicho: Un hidalgo vivía no hace mucho tiempo en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme.
Esto se conoce como hipérbaton; es una inversión del orden escrito que la sintaxis regular asigna a las palabras (Benavides, 1991). Este se convierte en un vicio cuando, por él, la frase se torna oscura, ambigua o afectada.
2. “Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar” (Espronceda, 1840).
Cuando se omiten palabras no necesarias para el sentido, estamos utilizando una elipsis.
En estos versos, hay una elipsis del verbo “es” en las dos últimas líneas. Si se expresaran de forma completa, serían:
“Que es mi ley la fuerza y el viento,
que es mi única patria, la mar.”
3. “¡Oh, lágrimas vertidas por mis ojos tristes!”
El pleonasmo emplea voces aparentemente superfluas porque repiten una idea ya expresada, pero, en realidad, refuerzan o avivan la frase (Benavides, 1991).
En el ejemplo, el pleonasmo es “lágrimas vertidas”, ya que las lágrimas siempre se vierten, lo que hace redundante la expresión, pero se utiliza para enfatizar la emoción.
Sin embargo, el pleonasmo puede ser vicioso. Esto ocurre cuando se utilizan palabras redundantes que no aportan información nueva y hacen que la expresión sea innecesariamente repetitiva o recargada. Ejemplos típicos de estas redundancias son: subir para arriba, bajar para abajo, entrar adentro.
4. “Aquiles, el de los pies ligeros” (Homero, s. VIII a.C.).
Aquí tenemos un epíteto. Se trata, comúnmente, de un adjetivo que expresa una cualidad propia y habitual de la persona o cosa a la cual se aplica. Puede también suprimirse sin detrimento del sentido, pero sí del vigor o de la gracia (Benavides, 1991).
5. “(...) mi buen Sancho (...)” (Cervantes Saavedra, 1605).
Los lectores del Quijote saben que, en algunas ocasiones, Don Quijote llama a su amigo “mi buen Sancho” en un sentido irónico, ya que Sancho a menudo actúa con torpeza o dudas.
Esto se conoce como antífrasis.
6. “Entregó su espíritu” (Cervantes Saavedra, 1605).
Una figura que sirve para sustituir una palabra o expresión que puede resultar ofensiva, dura o incómoda por otra más suave o aceptable. Suaviza, negando o recurriendo a un circunloquio, algo ingrato o indecoroso (Benavides, 1991).
En la mención de Cervantes, este eufemismo suaviza la mención de la muerte y la hace más poética y solemne.
7.
Según la RAE, el asteísmo es una alabanza que se dirige con gracia y delicadeza bajo apariencia de represión o vituperio (Real Academia Española, 2024).
Es simular críticas cuando realmente lo que se busca es elogiar de manera más elegante (Escuela de Letras, 2024).
8. Salomón, el sabio; Bolívar, el libertador.
La antonomasia es una figura retórica que consiste en sustituir un nombre propio por una expresión que destaque una cualidad característica de la persona o, viceversa, usar un nombre propio como sinónimo de una cualidad o característica. Se emplea para enfatizar las cualidades de alguien o algo de manera estilística.
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